El Tiempo No Vuela

Capítulo 8: Dos intentos, un viaje corto

Y por fin llegué a China.
China siempre me gusta. Me hace sentir especial, me reta, me enseña, me divierte y me sorprende. Cada año descubro más. Para mí, China ya no es solo trabajo.

China siempre es un viaje programado, con agenda, con horarios, con objetivos claros.
En esta ocasión iba a hacer lo de siempre y volver.

Aterricé sintiéndome casi en equilibrio con la vida, sabiendo que había cosas aún sin colocar, pero que era todo cuestión de tiempo.
En ese momento, yo no sabía que ese viaje ordenaría parte de mis emociones y que también me haría sentir más libre.

Y en esas ocasiones en las que así me siento y puedo jugar con varios de mis yo, mi energía femenina se revuelve… y llegan las aventuras.

Iba sentada en un tren regresando de Hong Kong. Estaba reclinada en mi asiento, mirando por la ventana, un poco cansada después de un día entero caminando por la ciudad. Empecé a notar que un hombre, un poco más joven que yo, me miraba y sonreía constantemente.

El tren llegó. Salimos todos y, de camino a la parada de taxis, me seguía buscando con la mirada hasta que se acercó y me pidió mi WeChat. Se lo di, aunque un poco escéptica, porque me resulta estimulante conocer personas nuevas. Mi primera impresión fue clara: poco atractivo. Me fijé en su sonrisa y, como siempre, en sus dientes. No puedo evitarlo.

A los pocos minutos empezaron los mensajes subidos de tono.
Demasiado rápido.
Lo borré.

Con esa experiencia entendí que algunas personas, cuando viajan, utilizan cualquier excusa —como estas aplicaciones— para intentar tener una cita lejos de casa. En estos viajes de negocios se puede sentir mucho la soledad y la adrenalina.

Durante ese mismo viaje, la noche antes de regresar a casa, en la escalera de un libanés —al parecer lo mejorcito de Guangzhou por la larguísima fila que hicimos— se me acercó Paul de Brasil. Sonrisa franca. Estilo intelectual. Y una caballerosidad espontánea, elegante, sin esfuerzo.

Empezamos a conversar sobre sus conocimientos de República Dominicana por visitas anteriores y, hábilmente, aprovechó para preguntarme por mi estatus marital. Entramos por separado al restaurante y, casualmente, nos sentaron al lado. La persona que me acompañaba en este viaje de trabajo y yo cenábamos pidiendo con la vista y nos reíamos satisfechas, orgullosas, haciendo recuento del viaje. Cuando intenté pagar la cuenta, Paul ya nos había invitado.

Hablamos y nos mirábamos, buscando —imagino— el atractivo en el otro, con esa curiosidad natural de los inicios.
Conectamos en nuestra forma de ver la vida.
Nos reímos varias veces de las mismas cosas —y eso siempre me fascina cuando conozco a alguien—, pero no sentía esa chispa que me transporta hacia la sensualidad y me hace imaginar. No despertó nada en mí. Y lo supe desde el inicio.

Cuando pasan estas cosas pienso lo fácil que es fijarse en un ser humano que quizá ni siquiera te haga reír, pero que por alguna razón te atrae. Y lo difícil que es intentar que te guste alguien que, por muy maravilloso que sea, no te despierta nada.

Y yo quiero estar despierta.

Quiero disfrutar de lo maravilloso que es sentirte inevitablemente atraída por el ADN del otro. A veces me pregunto si las personas estamos estructuralmente destinadas a encontrarnos y mezclarnos.

Cuando llegué a China sentía que aún le daba a mi anterior compañero más peso del que merecía y del que realmente tuvo en mi vida. Tenía claros los motivos de la ruptura, pero aún buscaba algo dentro de mí.

Cuando salí de China era otra vez yo, abierta a aprender lo que cada persona que se acerque a mi vida venga a mostrarme.

Paul me hizo consciente de mi energía al alabarla.
Mi anterior amor me hizo consciente de lo importante que es la admiración en una pareja, porque con él me sentía poco admirada; tampoco me hacía reír.

Cuando este viaje terminó, lo entendí todo mejor.

Pudo haber sido un viaje agotador, gris, frenético y desgastante.
Sin embargo, fue un camino de vuelta a mi yo interno.

Volví más completa.

Y cuando logras esto, el deseo de volver a empezar no nace de la carencia; aparece por elección.

Y desde ahí empecé a moverme de otra manera; todo empezó a sentirse distinto.

Juega con tu tiempo.