«Somos una generación de mujeres poderosas, audaces, nacimos siendo superiores a la media, heredamos poderes de nuestros ancestros y podemos predecir el futuro. Vemos claramente las señales que nos guían por el camino correcto y por eso nunca nos equivocamos al tomar decisiones. Nacimos con una belleza deslumbrante y en nuestro día a día todo nos sale bien.»
Ok, claramente es broma. Somos humanas, muchas veces caóticas, gritonas, impacientes, sin pizca de tolerancia. Pero también guerreras, luchadoras, nobles y libres. Siempre libres.
Mi madre fue la hija del medio entre dos varones, al igual que mi hija. Yo no tuve hermanos por parte de mi madre — soy hija única, lo que básicamente significa que crecí siendo el centro del mundo y me he pasado la vida aprendiendo cómo manejarlo. Nacer en cualquiera de estos dos escenarios te enseña a crecer. Mi abuela nos transmitió genes de calidad, resilientes y adaptables a muchos tipos de experiencias. De ahí partimos — con esos genes y sin manual de instrucciones. Mi madre, mi hija y yo somos, fuimos, seremos siempre almas conectadas que sienten muy parecido pero pelean sus espacios y sus diferencias. (Y cuando digo pelean, no es metáfora.)
Ser hijas y madres nos enseña cada día a caminar por la vida con pasos firmes, buscando claridad, pero sobre todo buscando estar bien.
Sabemos que las tormentas llegan y también se van, y que lo importante es no permitir que esa tormenta pasajera afecte tus emociones. Sabemos que la familia es el núcleo más importante de nuestras vidas y, aunque cada una mantiene su independencia y protege su paz, nos sentimos siempre acompañadas de esa buena energía que camina con nosotras — porque sabemos que siempre todo estará bien.
He crecido al lado de una madre diferente. Disruptiva. Valiente. No siempre fácil de entender. Carga en su memoria tanto como quizás se podría vivir en dos vidas, y de todos esos recuerdos siempre intenta transmitirnos las enseñanzas. Tiene vocación de maestra. El problema es que a veces nosotras no tenemos vocación de alumnas, y sé que eso le crea impotencia — y a veces tristeza. Porque, ¿para qué son los recuerdos si no para entender lo vivido?
Yo practico vivir en el presente. No dedico tiempo a nostalgizar el pasado porque trasladarme a lo que fue y a lo que pasó me ata a una época que ya no aporta en mi enfoque ni en mis ganas de crecer. Y si regreso demasiado, me atrapan los recuerdos borrosos que, además, seguramente adultero aún más. Aunque entiendo que a veces recordar el pasado es tan sanador como ver las fotos que colocamos por toda la casa — esas que nos muestran el amor en cada imagen y nos trasladan a esos instantes únicos, captados por la energía del momento y convertidos en un para siempre.
Mi madre tomó muchas decisiones incómodas en su vida. Retadoras y rompedoras. Pero fueron exactamente las que nos hicieron ser quienes somos y estar donde estamos. En este país la vida no siempre es fácil — muchas veces no lo es — pero hay algo extraño circulando entre los que aquí habitamos que nos impulsa a permanecer — muchas veces con gusto, deseo e ilusión, otras sin tanto positivismo — pero definitivamente, después de muchos años analizándolo, es un fenómeno que nos alcanza a todos: los que nos vamos y regresamos, los que nos quedamos, los que se fueron y tuvieron en sus pensamientos regresar, y los que finalmente regresan para envejecer y morir aquí con la satisfacción de haberlo logrado. Entendemos que aquí podemos ser y sentir con libertad, y a eso nos aferramos.
Yo, a mis 48 años, me formulo a diario, y eso me divierte más de lo que me esperaba. Me doy forma como arcilla y me voy transformando. Me hago y me deshago — proceso que, visto desde afuera, probablemente parezca caos puro, pero desde adentro tiene una lógica preciosa. Me gusta la forma que va tomando mi persona y el equilibrio que siento cuando logro conectar mis deseos con mi presencia.
Lo que más me gusta de esta etapa es ir dejando los miedos atrás, las ataduras sociales y los compromisos que no me apetece aceptar, el amor que no es sano, las relaciones que no me aportan — y ver cómo confío cada día más en ese radar que va detectando las envidias y a quienes no desean que las cosas buenas me alcancen.
Las mujeres de mi sangre peleamos por la vida sin saber siquiera que eso es lo que estamos haciendo. A veces pensamos que simplemente aceptamos nuestro destino, pero en el fondo yo sé que vamos dándole forma al mismo — con las manos, con las decisiones, con lo que elegimos soltar y lo que decidimos cargar. Con la fuerza que le metemos a la vida hemos aprendido a no victimizarnos. Más bien seguimos adelante, en busca de la siguiente lección. (Y la siguiente. Y la de después. Resulta que sí tenemos vocación de alumnas — solo que la materia es nuestras vidas.)
Como conté al inicio, yo fui la única hija de un amor enredado, fruto de dos culturas contrarias. Un amor que dolió, asustó y nos cambió — y también nos obligó a movernos, nos elevó, nos hizo mirar mucho más allá de nuestros propios límites. Nos hizo más poderosas, más puras, más sabias. Cargamos en nuestras venas historia árabe-española. La historia árabe nunca la vivimos pero la heredamos de todas formas, como se heredan las cosas que no elegimos pero son nuestro derecho de nacimiento.
Fue un amor destinado a morir para que mi madre pudiera sobrevivir — y para que yo, y la tribu de la que te hablaré en el próximo capítulo, pudiéramos existir.
Juega y descubre qué reconoces en ti de tus antepasados…
Te sorprenderá saber de qué estás hecho.