Entrar en el 2026 significa, para mí, haber pasado de curso.
A mediados del 2025, y al terminar mi última relación —lo cual puedo recordar ahora, ya pasado todo, como un final algo caótico y surrealista, un final que, si hubiera querido inventar a propósito, no habría sido posible y del cual ahora me río (os contaré los detalles en Espacio Amores)— decidí iniciar instintivamente un curso intensivo de la vida.
Yo solo quería estar bien cuando abría los ojos. Me despertaba, pero el vacío me golpeaba. Era una etapa tan diferente a la de los últimos años que, antes de empezar a trabajar y empezar mi día, me colocaba en automático. Y sin pensar mucho, me levantaba, entrenaba, paseaba y escuchaba a todos los que saben mucho de la vida.
Y cuanto más escuchaba, más información me llegaba y más entendía todo. Algo me decía que hacía lo correcto y, desde entonces, he tenido y mantenido —con esfuerzo muchas veces, claro está, y sobre todo con enfoque— esa sensación de estar alineada con la vida y con mis decisiones.
El año terminó y yo me enfoqué en descubrirlo con este nuevo chip implantado en mi mente y en mi corazón, aceptando que solo soy un alma viviendo esta experiencia humana.
Este curso intensivo de la vida ha estado lleno de capítulos; algunos han sido capítulos increíbles.
Algunos me dieron nostalgia al terminar, otros me llenaron de ilusión y otros me transformaron para siempre.
Pasé por cada capítulo muy rápido, y así de rápido fue todo metabolizado, como si la vida me dijera:
“Ahí está la fuente. Bebe. Aprende. Crece. Transfórmate… y no te duermas”.
Y claro, aquí viene el reto.
Porque cuanto más entiendes la vida y más cosas te hacen clic, más profundo quieres ir. Más cosas quieres contar. Más prisa te entra por experimentarlo todo, y es muy fácil para mí querer pasar de una experiencia a otra con poca pausa. Tengo una naturaleza impaciente y muy curiosa.
Así que mi reto ha sido aprender a parar. Porque el peligro en mí es llegar a sentir que nada es suficiente.
El reto número uno de este 2026 será decir sí a la serenidad y al disfrute de cada logro, así como he aprendido a saborear el café de la mañana sin que nada altere nuestro momento, pues a partir de ese café empieza la magia de mi día.
Decir sí a los planes y sueños hermosos que, al final del año y en muchas ocasiones, tengo la dicha de ver cumplidos y tachados.
Y decir no a esa voz interna que corre, exige y repite:
“todavía no es suficiente”.
Este 2025 aprendí a no dejar de mirar atrás para ver de verdad las pequeñas batallas ganadas.
Ahora me fijo en las piedritas que voy colocando, una a una, hasta darme cuenta de que sí… estoy construyendo mi castillo.
Quiero que las cosas tengan su peso justo.
Ni más. Ni menos.
Porque creo profundamente en la ligereza de un espíritu consciente y alegre, con libertad de mirar sin dramatizar.
En este 2026 elijo relativizar, reírme más, cuidar mi estómago de los vaivenes de la vida y recordarme que reír también es una forma muy seria de vivir.
Quiero jugar con mi 2026 como si fuera plastilina.
Amasarlo.
Darle forma.
Adaptarlo a mis deseos y mis planes.
Porque he aprendido que el tiempo no se corre:
se vive, se integra y se elige.
Eso quiero en este 2026.
Jugar con mi año.
Y sin darme cuenta,
el 2025 pasó exactamente así:
jugando.
Juega con tu tiempo.
Layla