Me declaro culpable de no saber perdonar ciertas cosas. No sé perdonar las malas caras en una comida de domingo.
Para mí una mesa familiar es sagrada. No lo digo de manera metafórica ni poética — lo digo en serio, con toda la convicción de quien ha entendido que hay muy pocas ceremonias que nos quedan en esta vida acelerada, y la comida en familia es una de ellas. Una mesa bien puesta, gente que se quiere sentada alrededor, algo cocinado con tiempo — eso es un milagro pequeño que se repite si tenemos la generosidad de cuidarlo y siempre te deja esperando más y más comidas alrededor de esa mesa.
Por eso no sé perdonar al que contamina el aire con ese silencio hostil que todos notan y nadie nombra. Al que convierte un espacio que debería ser refugio en un campo minado donde cada frase hay que pisarla con cuidado. La mesa es el lugar donde nos desnudamos un poco — donde contamos, donde opinamos, donde nos permitimos ser más nosotros que en ningún otro sitio familiar. Para mí una comida familiar es un milagro, es un espacio que debería sentirse siempre seguro donde cada quien expresa relajadamente sus opiniones, sus gustos, acompañado del placer de comer y beber mientras se despiertan tus sentidos — invita a contar, compartir, informar. La mesa siempre ha sido un ritual familiar donde nos desnudamos.
Yo me mudé y viajé durante 12 años con nuestra mesa como símbolo de que somos familia y todos nos sentamos alrededor de ella.
No bailo al ritmo de la traición, nunca aprendí a mirar para el otro lado ni a hacerme creer a mí misma que no pasa nada. Cuando alguien traiciona mi confianza, mis sentimientos, mis expectativas sobre esa persona, solo sé alejarme y limpiar mi camino con una claridad cristalina, perfecta, porque para mí perdonar una traición es como perdonar a un asesino en serie y darle permiso para seguir matando corazones y confianzas.
Decido no perdonar a quienes no se detienen a mirarse y pasan la vida sin hacer paradas para la reflexión y la autocrítica. Sin esa parada todos seríamos kamikazes.
Decido no perdonar a quien le da la vuelta a la tortilla y lanza mensajes desde la pantalla con esa facilidad pasmosa que te da no tener que mirar a los ojos a quien atacas, lanzando palabras que caen como piedras en el abismo vasto e impredecible del internet.
Decido no perdonar a quien te conoce desde antes que tú misma y aún así te hace daño. A quien prefiere la debilidad de envidiar a la fortaleza de superar, de crecer, de admirar.
A quien hace sentir al otro que encajar es un privilegio y no un derecho. A quienes no saben leer una carta escrita con amor.
A quienes el Ego dominó.
Te presento a Trueno… el ego que habita en mí y no me permite perdonar todo esto.
Juega con tu tiempo.