¿Prefieres tener la razón o ser feliz?
El otro día intentaba explicarle a mi madre, desde una perspectiva pesadamente filosófica, mi más reciente descubrimiento sobre uno de nuestros papeles en este teatro que llamamos la vida. Le comentaba que a veces me veía como la actriz que desarrolla un personaje, en este caso el de la jueza que mira desde arriba al acusado que está más abajo.
Analizaba las cosas que en mí han causado juicios, y me di cuenta de que nos pasamos la vida etiquetándolo todo: el éxito y el fracaso, ser delgado o ser gordo, ser creyente o no creyente, la crianza estricta o permisiva, lo culto y lo vulgar, lo elegante y lo ordinario… cómo vivimos, comemos, rezamos, criamos, pensamos, vestimos, adelgazamos o bailamos.
Y cuando de etiquetas se trata, el ego siempre querrá tener la razón, porque de esa razón, el miedo y la culpa se alimenta para existir.
Y es que, aunque a veces ser guiado por el ego puede ser muy divertido y por momentos nos hace sentir en la gloria —superiores, poseedores de la verdad, sabios, líderes y santos—, creo con total convicción que no se puede juzgar y ser feliz al mismo tiempo.
¿Cuántas veces habré juzgado desde el desconocimiento y sin cuidado? Me he divertido juzgando sin admitir que yo también temo ser juzgada, y he olvidado que la compasión es la que nos salva de tragar veneno. ¿Por qué, para sentirnos inocentes, culpamos a otros?
Practicar la compasión, junto con el perdón, puede llegar a ser un mecanismo de salvación, no un favor que le hacemos al otro. No es una herramienta para limpiar karma, ni un atajo para buscar paz. Es la vía para cortar los lazos que te mantienen sufriendo. Los lazos del resentimiento.
En el nuevo papel, la actriz decide no enfocarse en el error del otro, sino más bien aprende a hacerse la vista gorda porque elige ser feliz por encima de tener la razón.
No nos podemos mudar a un planeta libre de juicios, pero sí nos podemos desintoxicar un poco de los mismos.
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